Cristianismo contra cristiandad

La congregación que Jesús estableció se desarrolló durante el primer siglo bajo la guía de hombres espirituales capacitados que no tenían adiestramiento teológico especial, tal como Jesús no tuvo tal adiestramiento (Mateo 20:25-27; 1 Timoteo 3:1-13; Tito 1:5-9.) De hecho, los opositores de Jesús se preguntaron:

“¿Cómo tiene este hombre conocimiento de letras, cuando no ha estudiado en las escuelas?”. (Juan 7:15.)

Y, acerca de los apóstoles, los gobernantes religiosos dijeron lo mismo:

“Ahora bien, al contemplar la franqueza de Pedro y de Juan, y al percibir que eran hombres iletrados y del vulgo, se admiraban. Y empezaron a reconocer, acerca de ellos, que solían estar con Jesús”. (Hechos 4:13.)

Aquellos hombres no eran ‘amos’, sino colaboradores de sus hermanos cristianos a quienes deberían servir y no ser servidos (2 Corintios 1:24). La congregación cristiana era una organización dirigida por hombres espirituales guiados por las enseñanzas de Jesús que cuidaban de sus hermanos como un pastor hace con sus ovejas.

“Todos ustedes son hermanos —había dicho Jesús a sus discípulos—. […] Su Caudillo es uno, el Cristo.” (Mateo 23:8, 10.)

No había una clase clerical en las congregaciones cristianas del siglo primero. Todos los ancianos, (gr.: pre·sby·té·rous), tenían igual autoridad y a ninguno se le permitía ‘enseñorearse’ del rebaño que estaba bajo su custodia. (Hechos. 20:17; Filipenses 1:1; 1 Pedro 5:2, 3.)

Judaismo (102)

Sin embargo, la apostasía introdujo conceptos derivados del clero judío y, con el tiempo, del sistema religioso de la Roma pagana. Se desarrolló una clase clerical no bíblica. Hombres ‘endiosados’ que amaban el poder, empezarían a gobernar sobre un colegio de cardenales, personas a quienes se escogería de entre centenares de obispos y arzobispos, quienes a su vez habrían llegado a su puesto por promoción de entre sacerdotes educados en seminarios. Así, poco después del primer siglo una clase clerical mística tomaría las riendas en una Iglesia de carácter ‘universal’. Esta clase no seguiría la estructura de los cristianos del primer siglo, sino la de los sistemas religiosos paganos.

Se desarrolla una clase clerical

Una de las primeras desviaciones fue separar los términos “superintendente” (gr.: e·pí·sko·pos) y “anciano” (gr.: pre·sby·té·rous), de modo que ya no se emplearan para referirse al mismo puesto de responsabilidad. No había pasado una década desde la muerte del apóstol Juan, cuando Ignacio, “obispo” de Antioquía, escribió en su carta a los cristianos de Esmirna:

“Seguid todos al obispo [superintendente], como Jesucristo al Padre, y al presbiterio [cuerpo de ancianos] como a los apóstoles”.

Así Ignacio abogó por que cada congregación estuviera bajo la supervisión de un solo obispo, o superintendente, a quien se distinguiría de los presbíteros, o ancianos, y reconocería mayor autoridad.

Augustus Neander, en el libro The History of the Christian Religion and Church, During the Three First Centuries, explica lo que sucedió:

“En el siglo II […], debe haberse creado el puesto permanente de presidente de los presbíteros, a quien se dio el nombre de [e·pí·sko·pos], puesto que él era en especial quien tenía la superintendencia de todo, y así se le distinguió de los demás presbíteros”.

Aproximadamente un siglo después, Cipriano, “obispo” de Cartago, defendió con vigor la autoridad de los obispos como grupo separado de los presbíteros (después conocidos como sacerdotes), los diáconos y los legos. Creo un sistema clerical delineando una jerarquía monárquica de siete grados. En la posición suprema estaba el obispo, y bajo él había sacerdotes, diáconos, subdiáconos y otros grados. Tiempo después la Iglesia de Occidente añadió un octavo grado, mientras que la de Oriente se conformó con una jerarquía de cinco grados.

La ascensión gradual de los obispos y los presbíteros en la jerarquía dejó abajo a los demás creyentes de la congregación (ek·klē·sí·a). El resultado fue una separación entre el clero (los que llevaban la delantera) y los legos (el cuerpo pasivo de los creyentes).

“Desde los días de Cipriano [quien murió alrededor de 258 E.C.], el padre del sistema jerárquico, se destacó la distinción entre clero y legos, y en poco tiempo fue aceptada universalmente. De hecho, desde el siglo III el término clerus […] se aplicó casi exclusivamente al ministerio para distinguirlo de los legos. Al surgir la jerarquía romana, el clero no solo pasó a ser un orden distinto […], sino que también fue reconocido como el único sacerdocio” (Cyclopedia de McClintock y Strong).

Así, en un período de unos ciento cincuenta años desde la muerte del último de los apóstoles, dos cambios significativos de organización se produjeron en la congregación: primero, la separación entre el obispo y los presbíteros, que llevó a aquel a ocupar el peldaño superior en la jerarquía; segundo, la separación entre el clero y los legos (1 Pedro 2:9.)

Este poder adquiriría la máxima relevancia durante el reinado del emperador romano Constantino, especialmente después del Concilio de Nicea en 325 E.C. Entonces la Iglesia y el Estado se fusionarían.

Estructura de poder

Se había creado una iglesia institucional ‘divina’ mediadora de toda salvación, indivisa y universal. Solo en relación con ella se podía obtener la salvación. Fuera de su sagrada fraternidad no había más que pecado y sombras. La Biblia y la fe en Jesús basada en La Palabra de Dios dejaban de tener sentido si se utilizaban fuera de la ‘verdadera iglesia’.

Con una estructura clerical que, como se ha comentado, provenía de los sistemas judío y romano (sin olvidar la influencia filosófica griega) y sin la cual la iglesia no podía existir, el individuo no podía acercarse a Dios y necesitaba un obispo que hiciera de ‘intermediario’. Sin la función del obispo no podía haber iglesia y sin la iglesia no había salvación. El Espíritu Santo solo funcionaría a través del Obispo convirtiéndose en el único intercesor entre Dios y la gente. El hombre que decidía quien era y quien no era miembro de la iglesia, y, por tanto, pasible de salvación, era el obispo. Lo que les convertía en cargos especiales, distintos a los demás. Eran personas que tenían el poder para dominar y los legos para ser dominados. Nueva imagen (24)

Los ‘Señores de aquella sociedad’ que tenían ansias de poder vieron en el incipiente movimiento religioso un lugar donde medrar. A cambio de su posición social y por tanto de sus favores terrenales alcanzarían su objetivo; puestos encumbrados donde ejercer su poder para controlar. Y por supuesto el obispado se rodearía de dicha autocracia acomodada y opulenta.

La asimilación del mundo pagano que rodeaba el cristianismo trajo como consecuencia la pérdida de espiritualidad. El fundador, la piedra angular, el cabeza de la congregación sería reemplazado por un líder y caudillo humano que gobernaría con cetro de hierro, muy lejos del espíritu de amor que había impregnado el Hijo de Dios.

Enseñanzas paganas

Como acabamos de ver la primera consecuencia de la apostasía fue la formación de una clase clerical que controlaría de manera abyecta la fe de los creyentes.

La segunda consecuencia de la apostasía fue la introducción en el cristianismo de enseñanzas paganas y doctrinas que contradecían la verdad de La palabra de Dios y alejaban a las personas de todo aquello que Jesucristo y sus discípulos habían enseñado y practicado.

La apostasía incorporó en su enseñanza ideas tomadas del paganismo que sustituirían las enseñanzas de la Biblia por un adoctrinamiento a la conveniencia de las instituciones seudo-cristianas. 511633_net_451527141_

  • Adoración y veneración de imágenes
  • El infierno de fuego
  • La inmortalidad del alma

Y un sinfín de creencias paganas que serían ‘cristianizadas’

Así lo puso en evidencia un clérigo inglés llamado Charles Caleb Colton (siglo XIX);

“El hombre ha descubierto que es mucho más cómodo adulterar la verdad que refinarse a sí mismo.”

Los ‘santos’ y los dioses griegos

Desde comienzos del siglo II La religión cristiana se adulteró con ideas paganas. Los dioses míticos griegos, que en su día tanto habían influido en la religión de Roma, también habían ejercido su influencia en la Iglesia universal.

El libro Roman Mythology dice;

“Para cuando Roma se había convertido en una potencia imperial, Júpiter tenía muchas similitudes con el Zeus griego. […] Posteriormente Júpiter fue adorado como Optimus Maximus, ‘el mejor y el más grande’, una designación que sería traspasada al cristianismo y que aparece en muchas inscripciones de monumentos.”

The New Encyclopædia Britannica dice:

“Bajo el cristianismo, los héroes y hasta los dioses griegos sobrevivieron en los santos”.

M. A. Smith dijo;

“Los muchos conjuntos de dioses se estaban entremezclando y las diferencias regionales iban quedando borrosas. […] La gente tendía a pensar que en realidad las diversas deidades no eran más que nombres diferentes para un gran poder único. […] La Isis egipcia, la Artemis de los efesios y la Astarté siria podían considerarse idénticas. El Zeus griego, el Júpiter romano, el Amón-Ra egipcio y hasta el Yahveh judío podían ser invocados como los nombres del gran Poder único”.

En Roma, el cristianismo se estaba fusionando con las ideas griegas y romanas, pero también experimentaba cambios en otros lugares.

Se formaron escuelas teológicas en Alejandría, Antioquía, Cartago y Edesa, donde cada una tenía ideas de pensamiento religioso propias y en muchos casos antagónicas. Herbert Waddams, anterior canónigo anglicano de Canterbury, dice que, en la escuela de Alejandría, por ejemplo,

“Influyeron de modo particular las ideas platónicas”, y que dicha escuela asignaba significados alegóricos a la mayoría de las declaraciones del “Antiguo Testamento”.

tods los santos

La escuela de Antioquía, por otra parte, adoptó una actitud más literal y más crítica respecto a la Biblia.

Con el tiempo las diferencias entre esas escuelas se intensificaron, siendo la causa principal la ambición egoísta de líderes religiosos que estuvieron dispuestos a adulterar la verdad para su propio provecho, apagando así la luz del evangelio.

“El falsamente llamado conocimiento”

Ya en el primer siglo, al cristianismo le influyeron enseñanzas religiosas falsas, debido a lo cual, Pablo aconsejó a Timoteo que se apartase

“De las contradicciones del falsamente llamado ‘conocimiento’”. (1 Timoteo 6:20, 21.)

Tal vez se hacía referencia a un movimiento llamado gnosticismo que obtuvo prominencia a principios del siglo segundo, aunque es probable que tuviera sus comienzos en el primer siglo, posiblemente con cierto Simón Mago. Algunas autoridades afirman que cabe la posibilidad de que se tratase del Simón que la Biblia menciona en Hechos 8:9.

El gnosticismo obtuvo su nombre de la palabra griega gnó·sis, que significa “conocimiento”. Los grupos gnósticos sostenían que la salvación viene por medio de un conocimiento místico especial de cosas profundas desconocidas para los cristianos comunes, y, de acuerdo con The Encyclopedia of Religion, pensaban que poseer este conocimiento los capacitaba para enseñar;

“la verdad oculta revelada por Jesús”.

Pero si el “cristianismo” presentado por los escritos gnósticos se basaban en fuentes no cristianas. ¿Cómo iba a ser entonces “la verdad oculta revelada por Jesús”?

El escriturario R. E. O. White define el gnosticismo como una combinación de;

“Especulación filosófica, superstición, ritos semimágicos y, a veces, un culto fanático y hasta obsceno”.

Andrew M. Greeley, de la universidad de Arizona, dice:

“El Jesús de los gnósticos es unas veces incoherente; otras, incomprensible, y aún otras, poco más que horripilante”.

Algunas creencias gnósticas

Marción (siglo II) hizo una distinción entre un Dios imperfecto del “Antiguo Testamento”, inferior a Jesús, y el Padre de Jesús, el desconocido Dios de amor del “Nuevo Testamento”.

El concepto de un “dios desconocido es un tema fundamental del gnosticismo”, explica The Encyclopedia of Religion. A este se le identifica como “el Intelecto supremo, inaccesible al intelecto humano”.

Por otro lado, el creador del mundo material, conocido como el Demiurgo, es inferior y no goza de una inteligencia absoluta.

Montano (siglo II) predicó el inminente advenimiento de Cristo y el establecimiento de la Nueva Jerusalén en la actual Turquía. Estaba más interesado en la conducta que en la doctrina, y por eso parece ser que trató de restaurar los valores cristianos originales, pero se fue a extremos y su movimiento finalmente cayó víctima de la misma laxitud que condenaba.

Valentín (siglo II), poeta griego y el gnóstico más prominente de todos los tiempos. Afirmaba que aunque el cuerpo etéreo de Jesús pasó a través de María, en realidad no nació de ella. Este razonamiento se debía a que los gnósticos consideraban que toda la materia era mala. Por consiguiente, Jesús no podía haber tenido un cuerpo material, ya que en ese caso él también habría sido malo. Los docetas, una secta de los gnósticos, enseñaban que todo lo relacionado con la naturaleza humana de Jesús, incluida su muerte y resurrección, era mera apariencia, una ilusión.

Manes (siglo III) se llamaba a sí mismo “el mensajero de Dios venido a Babilonia”. Luchó por formar una religión universal mediante la fusión del cristianismo, el budismo y el mazdeísmo (zoroastrismo).Tertullian

Tertuliano (160 – 230 E.C.), miembro de la Iglesia de África del Norte, introdujo la palabra “trinitas”, término que se abrió camino en el lenguaje cristiano poco antes de que naciese Arrio. Tertuliano, el primer teólogo que escribió extensamente en latín en lugar de en griego, ayudó a colocar el fundamento de la teología occidental. Lo mismo hizo “san” Agustín, otro teólogo de África del Norte que vivió unos dos siglos después.

“Por lo general, a [Agustín] se le reconoce como el mayor pensador de la antigüedad cristiana”, (The New Encyclopædia Britannica).

Un factor clave fue la influencia sutil de la filosofía griega.

“Desde mediados del siglo II d.C., los cristianos que sabían algo de filosofía griega empezaron a pensar que tenían que expresar su fe en los términos de esta, tanto para su satisfacción intelectual como para convertir a los paganos cultos” (The New Encyclopædia Britannica).

Una vez que gente interesada en la filosofía se hizo cristiana, no pasó mucho tiempo antes de que la filosofía griega y el “cristianismo” quedaran inseparablemente ligados.

Al seguir infiltrándose doctrinas paganas en el cristianismo, también se torcieron o abandonaron otras enseñanzas bíblicas.

Se desvanece la esperanza del ‘reino’

Los discípulos comprendieron que el Reino de Dios que Jesús había enseñado, gobernaría sobre la Tierra por mil años y la transformaría en un paraíso, una enseñanza que estaba presente en toda la Biblia (Mateo 6:9,10; Salmos 37:9,10). Los escritores cristianos de la Biblia exhortaron a los testigos del siglo primero a seguir despiertos espiritualmente y mantenerse separados del mundo. (Santiago 1:27; 4:4; 5:7, 8; 1 Pedro 4:7.) Pero tan pronto como murieron los apóstoles, se desvaneció la expectativa cristiana de la presencia de Cristo y la venida de su Reino. ¿Por qué?

Un factor fue la contaminación espiritual que causó la doctrina griega de la inmortalidad del alma. Cuando esta arraigó entre los cristianos, estos abandonaron gradualmente la esperanza milenaria. ¿Por qué? El Diccionario teológico del Nuevo Testamento explica:

“En lugar de la escatología [la enseñanza sobre las “últimas cosas”] neotestamentaria con su esperanza en la resurrección de los muertos y de la nueva creación (Apocalipsis 21:4,5), entró la doctrina de la antigüedad tardía sobre la inmortalidad del alma: después de la muerte el alma es sometida al juicio y consigue el paraíso —ahora ya considerado como de ultratumba—”.

Dicho de otro modo, los cristianos apóstatas pensaban que el alma sobrevivía al cuerpo tras la muerte y que las bendiciones del Reinado Milenario de Cristo tenían, por lo tanto, que relacionarse con la región o esfera espiritual. De esa manera transfirieron el Paraíso de la Tierra al cielo, al cual, según creían, llegaba el alma salvada al sobrevenir la muerte. Por lo tanto, no había que esperar la presencia de Cristo ni la venida de su Reino, puesto que todos confiaban en unirse a Cristo en el cielo al morir.

Sin embargo, hubo otro factor que hizo que en realidad pareciera innecesario esperar la venida del Reino de Cristo.

“La dilación [aparente] de la Parousía resultó en que se debilitara la expectación marcada con sentido de inminencia en la iglesia primitiva” (The New Encyclopædia Britannica explica).

De modo que no solo se transfirieron de la Tierra al cielo las bendiciones del milenio, sino que el Reino fue pasado del cielo a la Tierra. Esta “reubicación” fue completada por Agustín de Hipona (354-430 E.C.).

En su famosa obra La Ciudad de Dios (edición en español preparada por José Morán), declaró:

“La Iglesia es, pues, ahora el reino de Cristo y el reino de los cielos”.

El imperio romano se había convertido en un imperio religioso

El libro From Christ to Constantine dice que

“A principios del siglo tercero la Iglesia empezaba a ser respetable”.

Ahora bien, la respetabilidad tenía su precio: “una relajación de las normas”. Por consiguiente, “ya no se consideraba que el vivir cristiano fuera un requisito de la fe cristiana”.

El libro Imperial Rome,

“Para el siglo cuarto los escritores cristianos no solo afirmaban que era posible ser cristiano y romano al mismo tiempo, sino que la larga historia de Roma era, en realidad, el comienzo de la epopeya cristiana. […] Lo que se sacaba en consecuencia era que Roma había sido nombrada por Dios”.

Alrededor del 313 E.C., durante el gobierno del emperador romano Constantino, el cristianismo, gran parte del cual había degenerado en ideología apóstata, recibió reconocimiento legal. Los caudillos religiosos estuvieron dispuestos a hacerse siervos del Estado, que al principio controlaba los asuntos religiosos. (No pasaría mucho tiempo antes de que la religión controlara los asuntos del Estado.) Así empezó la cristiandad, convirtiéndose con el tiempo en la religión oficial del Estado romano. Desde entonces el “reino” no solo estaba en el mundo, sino que era parte de él. (Juan 18:36.)

Al adoptar ritos paganos y “cristianizarlos”, aquellos jerarcas enseñaron “cosas aviesas”. Los efectos de su apostasía aún son patentes en las doctrinas y prácticas de las iglesias de toda la cristiandad.

¿Cómo es posible que Roma siendo el paganismo en su pura esencia, y el cristianismo, que estaba en las antípodas (era como el aceite y el agua), y que durante los tres primeros siglos del cristianismo Roma había sido implacable perseguidora, y de forma ‘milagrosa’ se convirtiera en la religión oficial del estado?

No es que Roma cambiara o aceptase los valores del cristianismo y las enseñanzas de su fundador a quien habían ejecutado. No es que abandonaran sus prácticas inmorales y degradantes, dejando atrás a sus dioses y costumbres paganas, y ahora buscaran la aprobación del Dios de los cristianos. Fue el seudo-cristianismo quien se acomodó al poder.

Roma necesitaba seguir dominando y controlando su imperio. Pero la fuerza militar, la fuerza de la espada estaba comenzando a perder fuerza. El imperio vio en el cristianismo nominal el instrumento ideal.

Sería más eficaz controlar la mente con una idea común que fuera universal y se adaptara a las tradiciones, costumbres y prácticas de los conquistados. Aunque se sometieran a este nuevo orden mundial podrían seguir con sus creencias y prácticas. El imperio se encargaría de cristianizar dichas tradiciones, enseñanzas y conductas.

El cristianismo ya era en de facto la religión del Estado, y el 27 febrero del año 380, se convirtió en la religión exclusiva del Imperio Romano por un decreto del emperador Teodosio, lo que tuvo trascendentales consecuencias.

El libro Imperial Rome explica:

“Tan solo ochenta años después de la última gran ola de persecución de cristianos, la Iglesia misma empezaba a ejecutar a herejes y sus clérigos ejercían un poder casi equivalente al de los emperadores”.

Jesucristo dijo a sus discípulos que debían utilizar el poder de la razón y la fuerza de la fe para diseminar el cristianismo, no la espada y el fuego (Juan 16:33; 17:14; 1 Juan 5:4.)

La congregación cristiana original se transformó en poco tiempo en una organización religiosa que “asombraría a Jesús e incluso a Pablo” (Bertrand Russell).

Cristo dijo: “Ustedes no son parte del mundo” (Juan 15:19). Sin embargo, el cristianismo nominal sediento de poder formaría alianzas con los gobernantes creando iglesias estatales que acumularían un poder y una riqueza inmensos. Enseñarían “cosas aviesas”, o retorcidas, como que el ciudadano tenía que idolatrar a la patria y dar por ella hasta la última gota de su sangre. De este modo, los cristianos de nombre participarían en cruzadas masacrando a los “infieles”. Crearían inquisiciones que serían una deshonra para Dios y un crimen contra los valores más fundamentales de la raza humana. Además, participarían en guerras homicidas contra quienes, en teoría, eran sus hermanos en la fe. ¿Dónde estaba el amor al prójimo y a sus hermanos en la fe? (Mateo 22:37-39; Juan 15:19; 2 Corintios 10:3-5; 1 Juan 4:8, 11).

Bautismo de Constantino (Rafael)

Noam Chomsky (Estados Unidos, 1928)

Chomsky es considerado una figura influyente en todo el mundo. El New York Times lo ha señalado como «el más importante de los pensadores contemporáneos»

Chomsky ha dejado claro que hay una diferenciación radical entre el cristianismo de los evangelios en contraste con el de la mayor parte de los gobiernos y organizaciones religiosas:
“Hay una historia del cristianismo; los tres primeros siglos del cristianismo: era una religión pacifista radical, razón por la cual fue perseguida: era la religión de los pobres y los que sufrían; Jesús era el símbolo de los pobres y los que sufrían, y ahí está la encrucijada. En el siglo IV fue tomada por el Imperio romano… que convirtió a la iglesia en la religión de los persecutores”.

“Jesús mismo, y la mayor parte del mensaje de los Evangelios, es un mensaje de servicio a los pobres, una crítica de los ricos y los poderosos, y una doctrina pacifista, y se mantuvo así, así es como el cristianismo estaba… hasta Constantino.: Constantino lo cambió, así que la cruz, que era el símbolo de la persecución de alguien que trabaja para los pobres, se puso en el escudo del Imperio Romano. Se convirtió en el símbolo de la violencia y la opresión, que es más o menos lo que la iglesia ha sido hasta el presente”.

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