Porqué creció el cristianismo

La ‘Pax’ Romana

El libro On the Road to Civilization dice:

“La unidad del Imperio romano abonó el terreno para la predicación cristiana. Las barreras nacionales habían desaparecido. Un ciudadano romano era un ciudadano del mundo. […] Además, una religión que enseñaba la hermandad del hombre podía entenderse en un estado que había concebido la idea de una ciudadanía universal” (Hechos 10:34, 35; 1 Pedro 2:17).

Roma solo actuaba cuando se producía un choque con sus intereses;

  • Adoración del emperador
  • Servicio militar
  • Expansión del imperio
  • Modo de vivir romano

Por lo que aquellas circunstancias facilitaron la extensión del cristianismo. En ciertos aspectos, el dominio romano del primer siglo benefició a los cristianos. Por ejemplo, la Pax romana —la paz internacional impuesta por Roma— aportó estabilidad a todo el imperio. Por unos doscientos años, contando desde los días de Jesús, la zona del Mediterráneo disfrutó de una época relativamente pacífica. Cierta obra de consulta comenta;

“Nunca antes en la historia había existido un período de tranquilidad que durara tanto, y nunca más se viviría una época de paz tan permanente entre tantas personas”.

El libro La evangelización en la iglesia primitiva explica:

“No hubo, probablemente, período de la historia del mundo que mejor se adaptara para recibir al naciente cristianismo que el siglo 1 d.C. […] Allá por el siglo 2 los cristianos […] comenzaron a sostener que la divina providencia había preparado al mundo para el advenimiento del cristianismo”.

Orígenes, teólogo del siglo tercero, dijo que el hecho de que hubieran existido muchos reinos habría sido “un obstáculo para la propagación de la doctrina de Jesús” por todo el mundo, pues los hombres de todo lugar habrían tenido que hacer el servicio militar y “combatir por su patria”. Argumentó:

“¿Cómo, pues, iba a imponerse una doctrina de paz, que no permite ni vengarse de los enemigos, si, al [llegar] Jesús, la situación del orbe no hubiera adquirido en todas partes un carácter más suave?”.

Aunque bajo el dominio romano se persiguió a los cristianos, ellos aprovecharon aquel tiempo de relativa paz para predicar las buenas nuevas (Romanos 12:18-21).

Las vías de comunicación

Los cristianos se beneficiaron del sistema de calzadas romanas. Roma tenía un ejército fuerte y preparado que garantizaba el control de todos sus súbditos. Para que las tropas se desplazaran con facilidad, hacían falta buenas vías de paso, y los ingenieros romanos eran especialistas en construirlas. Hicieron más de 80.000 km de calzadas que conectaban prácticavia-de-agrippamente todas las provincias romanas a través de bosques, desiertos y montañas.

Además del sistema de calzadas, los romanos contaban con 27.000 km de ríos y canales por los que navegar. Y, por mar, los barcos romanos recorrían unas novecientas rutas que conectaban cientos de puertos. Así que los cristianos podían desplazarse por todo el mundo romano. A pesar de que había algunas dificultades, el apóstol Pablo y otros viajaron sin necesidad de pasaportes ni visados. No se conocían los controles de inmigración ni las aduanas.

Por otro lado, era bastante seguro transitar por las calzadas. La armada mantenía las rutas marítimas libres de piratas, por lo que tampoco era demasiado peligroso navegar (2 Corintios 11:25, 26).

El idioma

El griego koiné (común) fomentó la buena comunicación y la unidad en las congregaciones. Gracias a las conquistas de Alejandro Magno se hablaba en muchos lugares, así que los cristianos podían llegar con el mensaje a todo tipo de personas. Por otra parte, ciertos judíos que vivían en Egipto habían hecho una traducción al griego de las Escrituras Hebreas: la Septuaginta. La gente estaba familiarizada con esta traducción, y los primeros cristianos podían citar de ella libremente. Es más, como el griego tenía un vocabulario muy amplio y se prestaba para explicar conceptos espirituales, los cristianos también lo usaron en sus propios escritos.introduccin-al-griego-2015-6-638

Con la llegada del códice, (que se parecía mucho al libro tal como lo conocemos hoy) se dio un salto cualitativo a la enseñanza cristiana. Este consistía en un conjunto de páginas cosidas por un extremo. Para leer un pasaje, bastaba con abrir el códice por la página correspondiente. Aunque no se sabe con exactitud cuándo comenzaron a usarlo los cristianos, cierta obra de referencia dice:

“Tan universal es el uso cristiano del códice en el siglo II que su introducción quizá se remonte a mucho antes del año 100”.

La ley romana

La ley romana, que regía en todo el imperio, concedía a los ciudadanos romanos derechos y privilegios muy importantes. Pablo se valió de esos derechos en varias ocasiones. Por ejemplo, cuando iban a azotarlo en Jerusalén, le preguntó a un oficial romano:

“¿Les es lícito azotar a un hombre que es romano y no condenado?”. La respuesta era no. Por eso, cuando Pablo dijo que era ciudadano romano de nacimiento, “se retiraron de él los hombres que iban a interrogarlo con tormento; y al comandante militar le dio miedo cuando averiguó que era romano y que él lo había atado” (Hechos 22:25-29).

Gracias a su ciudadanía romana, Pablo recibió un mejor trato cuando estuvo en Filipos (Hechos 16:35-40). En Éfeso, el registrador de la ciudad se refirió al sistema legal romano después de calmar a una multitud que estaba enfurecida contra los discípulos (Hechos 19:35-41). Y la apelación que Pablo hizo en Cesarea hizo posible que defendiera su fe ante el César (Hechos 25:8-12). Así fue como la ley romana permitió a los primeros cristianos “defender y establecer legalmente las buenas nuevas” (Filipenses 1:7).

La diáspora judía

Había comunidades judías dispersadas por todo el Imperio romano, y probablemente esto fue un punto a favor para la difusión de las buenas nuevas. Siglos antes, los judíos habían sido desterrados, primero por los asirios y más tarde por los babilonios. Ya para el siglo quinto antes de nuestra era, había comunidades judías en las 127 provincias del Imperio persa (Ester 9:30). Cuando Jesús estuvo en la Tierra, los judíos habían llegado hasta Egipto y otras partes del norte de África, así como a Grecia, Asia Menor y Mesopotamia. El Imperio romano tenía 60 millones de habitantes, y se calcula que 1 de cada 14 era judío. Y sin importar a dónde iban, los judíos llevaban consigo su religión (Mateo 23:15).

Como los judíos estaban tan dispersados, muchos no judíos llegaron a conocer las Escrituras Hebreas. Aprendieron que solo hay un Dios verdadero y que quienes le sirven tienen que vivir según elevadas normas morales y éticas. Las Escrituras Hebreas también contenían muchas profecías sobre el Mesías (Lucas 24:44). Tanto los judíos como los cristianos veían esos escritos como Palabra de Dios, por lo que Pablo pudo aprovechar ese punto en común para llegarles al corazón a los que eran sinceros. Tenía la costumbre de ir a las sinagogas de los judíos y allí explicarles las Escrituras (lea Hechos 17:1, 2).

Para adorar a Dios, los judíos se reunían regularmente en sinagogas o en otros lugares al aire libre. Cantaban alabanzas, oraban y analizaban juntos las Escrituras. Los cristianos adoptaron las mismas costumbres.

Sin embargo, el cristianismo comenzaría una lucha ingente para sobrevivir, primero, contra la persecución del imperio romano, y segundo, más grave aún, contra una apostasía flagrante que daría inicio a siglos de oscuridad espiritual, a una era de oscurantismo destructivo.

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